📒 La inteligencia artificial en el aula: cuando planificar no significa planificar.

La inteligencia artificial puede ahorrar tiempo, hacer recomendaciones y abrir nuevas oportunidades para la enseñanza. Pero todavía hay un espacio que le corresponde al docente entre lo que genera una herramienta y lo que un grupo necesita aprender. Son las siete de la tarde: una maestra está en casa y todavía tiene que preparar la clase del día siguiente. Abre una herramienta de inteligencia artificial y escribe:

"Necesito una secuencia para trabajar fracciones en 4.º grado. Explica propósito, actividades, recursos y una propuesta de evaluación."

Y en unos segundos, parece que el plan está listo. Hay propósitos, actividades de inicio, desarrollo y cierre, recursos, preguntas e incluso una propuesta de evaluación. La primera sensación podría ser de alivio: hecho, está listo. Pero quienes conocemos la vida diaria de una escuela sabemos que planificar una clase comienza mucho antes y representa mucho más que completar esas secciones. . La inteligencia artificial sabe que pedimos una propuesta sobre fracciones para 4.º grado. Lo que no sabe es en qué estaban trabajando esos niños la semana pasada.
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No sabe qué procedimientos utilizan para resolver un problema, qué errores ocurren, qué discusiones tuvieron lugar en la última clase ni qué aspectos aún necesitan ser revisados.Tampoco sabe que la maestra eligió volver a una actividad porque le gustó lo que vio en el trabajo de sus estudiantes. La IA creó un plan; la maestra necesita planificar, y la diferencia no es menor.

Una herramienta poderosa no reemplaza una decisión pedagógica. La inteligencia artificial generativa abre posibilidades que eran difíciles de imaginar hace unos años. Puede ayudarnos a encontrar alternativas para una actividad, reformular una consigna, crear ejemplos y contraejemplos, adaptar la extensión de un texto, organizar información, generar imágenes o desarrollar una primera versión de algunos materiales. También puede ahorrarnos tiempo, y quienes trabajamos o hemos trabajado en escuelas sabemos cuánto vale ese tiempo. El problema surge si confundimos rapidez con relevancia. Se puede generar una buena propuesta, pero que resulte poco útil para nuestros estudiantes.

Porque enseñar implica tomar decisiones: 

*¿Qué quiero que aprendan? *¿Por qué este contenido y no otro? *¿Qué saben hasta ahora? *¿A qué problemas se han enfrentado? *¿Cómo se los puede animar a avanzar? *¿Qué materiales conviene proporcionar? *¿Cómo sabré si lo que propuse promovió el aprendizaje?

No hay preguntas que desaparezcan por tener una herramienta que produzca una secuencia en segundos. Aquí aparece una distinción que considero fundamental: delegar una tarea a la inteligencia artificial no significa delegar la decisión pedagógica inherente a ella.

Primero enseñar; luego, preguntar. Imaginemos otra situación que podría presentarse. Un maestro de 4.º grado quiere enseñar un contenido de Matemática. 

Antes de abrir una herramienta de IA, revisa el diseño curricular de su jurisdicción, define qué contenido se corresponde con el grado, recuerda en qué ha estado trabajando el grupo y decide qué le gustaría enseñar. Recién entonces recurre a la inteligencia artificial; sin embargo, su solicitud ahora ha cambiado.

Ya no pregunta:

"¿Qué puedo hacer en Matemáticas con 4.º grado?" 

Ahora puede especificar qué contenido eligió, qué conocimiento está desarrollando, qué tipo de situaciones le gustaría presentar y pedir alternativas. La IA puede devolver cinco, diez o veinte actividades, y ahí comienza de nuevo el trabajo docente. Habrá algunas buenas propuestas; otras serán demasiado simples y otras plantearán contenidos para los cuales el grupo aún no está preparado.

Puede aparecer una actividad interesante, pero sin el enfoque didáctico que guía la enseñanza. Elegir, descartar, modificar, reorganizar y volver a formular preguntas también forma parte del trabajo. La diferencia es que la herramienta propone; el docente decide. No es solo planificar. La misma lógica puede aplicarse a gran parte del trabajo escolar.

Podemos pedirle a la IA que reduzca la extensión de un texto para un estudiante con otro punto de acceso a la lectura.

Podemos pedir diferentes formas de construir una instrucción, generar preguntas de comprensión lectora, pedir ejemplos para ayudar a explicar algo, crear una imagen que nos permita ver un fenómeno en acción o imaginar algo diferente sobre una actividad. 

Podemos mirar hacia atrás hacia lo que hemos hecho antes y revisar nuestras propias ideas: *¿Qué conocimiento necesita un estudiante para resolver esta actividad? *¿Podemos enseñar más de un enfoque? *¿Qué dificultades podemos anticipar?

"Propone una variante más compleja sin cambiar el contenido que estoy enseñando."

En estos casos, la IA deja de ser un recurso al que le pedimos una tarea terminada y pasa a operar como una herramienta para enfrentar nuestras propias elecciones. Y eso es pedagógicamente muy interesante. ¿Y los estudiantes? Hasta aquí hemos hablado principalmente del uso de la inteligencia artificial por parte de los docentes. Pero siempre surge otra pregunta: ¿Qué pasa cuando los niños la usan? Probablemente no alcance con prohibirla completamente pero entregarla sin mediación tampoco parece una buena alternativa. La escuela también tiene una responsabilidad: enseñar a usarla. Y esto significa aprender que una respuesta bien escrita no es necesariamente verdadera; que hay información que necesita ser verificada; todavía se necesita chequear fuentes; que formular una mejor pregunta puede cambiar una respuesta y sobre todo, que pensar no solo equivale a copiar lo que aparece en una pantalla. Incluso los errores de la inteligencia artificial también pueden convertirse en enseñanzas. 

fracciones
Podemos presentar una respuesta generada por IA y preguntar: *¿Es correcta? *¿Cómo podemos verificar si es correcta? *¿Qué información falta? *¿Con qué fuentes la compararíamos? *¿Qué mejoraremos?
De inmediato, la IA deja de ser "la que hace el trabajo" y se convierte en algo que también podemos cuestionar.
Hay límites que no podemos olvidar. El uso de estas herramientas también significa mucho más que solo planificar: hay responsabilidades más allá de esto.
Estamos trabajando con niños. Sus nombres, fotos, producciones, diagnósticos, informes personales y otra información sensible no deben volcarse en plataformas digitales. Y ningún material generado por Inteligencia Artificial debe llegar al aula sin leerlo y revisarlo. 
Las herramientas de inteligencia artificial pueden dar información incorrecta con una redacción muy convincente. Una fecha inexistente, una fuente inventada o una explicación conceptualmente incorrecta pueden pasar desapercibidas porque están escritas de manera convincente. Por eso verificar no es un detalle técnico. Es nuestro trabajo como profesionales. Cada nueva tecnología que llega a la escuela despierta entusiasmo, resistencia y temores. Con la inteligencia artificial probablemente suceda esto, aunque su capacidad para crear textos, imágenes, audios y otros contenidos plantea nuevas preguntas. Quizás por eso el debate educativo no debería limitarse a si estamos "a favor" o "en contra" de algo. La pregunta es más complicada:

¿Qué lugar queremos que tenga la inteligencia artificial en una propuesta de enseñanza? 

Podemos usarla para ahorrar tiempo, buscar alternativas, producir materiales, revisar propuestas y ampliar las posibilidades de la enseñanza.
Sin embargo, hay una cosa que la herramienta no puede hacer.
No estuvo allí ayer frente a nuestros estudiantes. No sabe qué estrategia usará un niño para resolver un problema ni escuchó la explicación inesperada que abrió una discusión. No conoce la historia de ese grupo y no puede interpretar un silencio, una mirada o una pregunta que nos obliga a cambiar sobre la marcha lo que habíamos planeado. Ese conocimiento se construye estando allí. En el aula. 

Quizás el verdadero desafío de la inteligencia artificial en la educación no sea pedirle cada vez más cosas, sino decidir qué vale la pena pedirle, con qué propósito, bajo qué circunstancias y qué decisiones nunca deberíamos dejar en sus manos. La IA puede organizar, acelerar y sugerir. Puede liberarnos de algunas tareas. Sin embargo, el timón pedagógico sigue siendo nuestro.

LA AUTORA:

Habitó las aulas de la escuela primaria durante treinta años, primero desde la tarea docente y luego desde la gestión como directora institucional.
Su interés por tender puentes entre la educación y las tecnologías la llevó a desempeñarme como Referente TIC, impulsando proyectos de integración digital reconocidos con distintos premios.
Actualmente, jubilada de la función escolar pero no de su vocación educativa, piensa y escribe sobre educación, tecnología e inteligencia artificial desde Villa La Angostura.
Su mirada nace del aula real y de una convicción sostenida a lo largo de su trayectoria: las herramientas cambian, pero el timón pedagógico sigue siendo docente.

Gabriela
Gabriela Andrea Chaparro
Villa La Angostura - * Neuquén*
Argentina

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